Vitácora de una mujer en tiempos de guerra.
Nadie valora lo que tiene hasta que lo pierde, y esta vez no hablo de perder personas, sino de la vida misma. Podría decir que la guerra Mundial nos pilló por sorpresa, que vino de repente y es que en parte fue así.
A comienzos del verano de 1914 me casé con el que llevaba siendo mi prometido algo más de un año, Watler Tools; recuerdo ese día como el último día feliz antes del desastre.
Después vinieron semanas de desconcierto, los alimentos comenzaban a escasear, el malestar social aumentaba, se iban acumulando tantas cosas que sabía que algún momento todo aquello iba a estallar, pero aún así no estaba preparada para ello, supongo que nadie lo estaba.
Soy incapaz de recordar aquellos lejanos y caóticos días con claridad, pero sabía que el fatídico día estaba a punto de llegar y así fue.
La mañana del día que lo cambió todo, me encontraba dando un paseo hacia la fábrica donde trabajaba Walter `para llevarle el almuerzo, entonces escuché unos sonidos atroces procedentes del cielo, en ese momento, eché a correr como si me fuese la vida en ello, y es que, así era. Fue el día de los primeros bombardeos aéreos, que por suerte o por desgracia, cayeron unas manzanas más allá y tanto Walter como yo, nos salvamos.
A partir de esa mañana todas las fachadas comenzaron a estar cubiertas por carteles en los que se animaba a los hombres a ir al combate y a nosotras a adrentarnos en el mundo laboral.
El día en el que tuve que despedirme de Walter fue uno de los peores y más dolorosos días de mi vida, si no el que más. Prometimos escribirnos cartas con la frecuencia que nos fuese posible, pero estas tardaban lo que a mí me parecía una eternidad y lo que estoy convencida que lo era. Fue un completo suplicio continuar mi vida allí sin él, ya que a medida que avanzaba la guerra las cartas se iban distanciando y mi angustia crecía día a día. Corría cada mañana a esperar al cartero y me volvía a casa con un nudo en el estómago debido a seguir sin noticias suyas. Trabajar tampoco me ayudaba ya que ahora yo ocupaba su puesto, por lo que me recordaba a él.
A medida que los meses pasaban, mis vecinos iban recibiendo notificaciones de que habían perdido a su familiar en batalla. Pasé meses y meses sin tener noticias de Walter, hasta que decidí presentarme como voluntaria en un hospital para heridos de guerra, mi pasión siempre había sido la literatura, y pensé que no iba a ser de mucha ayuda ya que no tenía ninguna noción de medicina, pero dos meses después Walter llegó a ese hospital, había perdido una pierna, por lo que no pudo volver a andar, pero todo comenzó a ser un poco más fácil con él de nuevo a mi lado.
En 1918, cuando estaba próximo el fin de la guerra, el movimiento sufragista que había iniciado junto a mis compañeras de la fábrica triunfó y pudimos tener la opción a voto.
Esta guerra tuvo como consecuencia una sociedad hundida, derrumbada, como todas las ciudades que había tocado. Me gustaría decir que fue la peor experiencia de mi vida, pero por desgracia, hubo una segunda parte que lo desmoronó todo de nuevo, pero afortunadamente, nunca tuve que volver a separarme de Walter.
A comienzos del verano de 1914 me casé con el que llevaba siendo mi prometido algo más de un año, Watler Tools; recuerdo ese día como el último día feliz antes del desastre.
Después vinieron semanas de desconcierto, los alimentos comenzaban a escasear, el malestar social aumentaba, se iban acumulando tantas cosas que sabía que algún momento todo aquello iba a estallar, pero aún así no estaba preparada para ello, supongo que nadie lo estaba.
Soy incapaz de recordar aquellos lejanos y caóticos días con claridad, pero sabía que el fatídico día estaba a punto de llegar y así fue.
La mañana del día que lo cambió todo, me encontraba dando un paseo hacia la fábrica donde trabajaba Walter `para llevarle el almuerzo, entonces escuché unos sonidos atroces procedentes del cielo, en ese momento, eché a correr como si me fuese la vida en ello, y es que, así era. Fue el día de los primeros bombardeos aéreos, que por suerte o por desgracia, cayeron unas manzanas más allá y tanto Walter como yo, nos salvamos.
A partir de esa mañana todas las fachadas comenzaron a estar cubiertas por carteles en los que se animaba a los hombres a ir al combate y a nosotras a adrentarnos en el mundo laboral.
El día en el que tuve que despedirme de Walter fue uno de los peores y más dolorosos días de mi vida, si no el que más. Prometimos escribirnos cartas con la frecuencia que nos fuese posible, pero estas tardaban lo que a mí me parecía una eternidad y lo que estoy convencida que lo era. Fue un completo suplicio continuar mi vida allí sin él, ya que a medida que avanzaba la guerra las cartas se iban distanciando y mi angustia crecía día a día. Corría cada mañana a esperar al cartero y me volvía a casa con un nudo en el estómago debido a seguir sin noticias suyas. Trabajar tampoco me ayudaba ya que ahora yo ocupaba su puesto, por lo que me recordaba a él.
A medida que los meses pasaban, mis vecinos iban recibiendo notificaciones de que habían perdido a su familiar en batalla. Pasé meses y meses sin tener noticias de Walter, hasta que decidí presentarme como voluntaria en un hospital para heridos de guerra, mi pasión siempre había sido la literatura, y pensé que no iba a ser de mucha ayuda ya que no tenía ninguna noción de medicina, pero dos meses después Walter llegó a ese hospital, había perdido una pierna, por lo que no pudo volver a andar, pero todo comenzó a ser un poco más fácil con él de nuevo a mi lado.
En 1918, cuando estaba próximo el fin de la guerra, el movimiento sufragista que había iniciado junto a mis compañeras de la fábrica triunfó y pudimos tener la opción a voto.
Esta guerra tuvo como consecuencia una sociedad hundida, derrumbada, como todas las ciudades que había tocado. Me gustaría decir que fue la peor experiencia de mi vida, pero por desgracia, hubo una segunda parte que lo desmoronó todo de nuevo, pero afortunadamente, nunca tuve que volver a separarme de Walter.
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