A 600 metros; un pequeño relato.

Despierto en el suelo, aturdido, únicamente rodeado de escombros. Hago un intento de ponerme en pie, pero siento un fuerte dolor en la cabeza y un leve mareo, miro a derecha e izquierda y lo único que soy capaz de atisbar son restos de lo que debían ser equipajes. Trato de hacer memoria, lo último que recuerdo es oír un fuerte chirrido de las vías y los gritos enloquecidos de los pasajeros.
                                                    
A unos metros veo a un hombre tendido en la arena, más cerca compruebo que aún respira aunque ha debido perder el conocimiento ya que no responde a mis llamadas y su cabeza derrama demasiada sangre. Busco mi teléfono en el bolsillo para llamar a emergencias, pero no lo encuentro allí. Grito desesperadamente en busca de ayuda y nadie acude, así que me veo obligado a alejarme de ese pobre hombre y le hago la promesa de que volveré aunque probablemente no pueda oírme.

Avanzo hacia las vías lo más rápido que me permiten mis temblorosas piernas, a mi paso encuentro más escombros y enseres personales, incluso fotos. Decido no pensar en ello y seguir caminando hasta las ambulancias situadas seiscientos metros más allá. Recorrer esa distancia no supondría ningún esfuerzo, sin embargo a cada paso que doy siento que desfallezco un poco más. Me recuerdo a mí mismo que tengo que seguir andando, le he prometido a ese desconocido que le ayudaría y  esa es ahora mi única misión.

A duras penas consigo alcanzar el improvisado hospital de emergencias, varios voluntarios se acercan hacia mí, me envuelven en una manta y me acompañan hasta una camilla. Yo les repito una y otra vez que estoy bien, que tan sólo he venido a buscar ayuda para un hombre que me he encontrado nada más despertar tras el accidente, pero no hacen ningún caso a mis explicaciones. Una enfermera me pide que me presione la herida de la cabeza con el trapo que me tiende, en ese momento me doy cuenta de que estoy sangrando y mucho. Lo que me recuerda que tan sólo venía en busca de ayuda y me levanto para explicarles de nuevo que ese hombre si que necesita su ayuda. Sin embargo al ponerme en pie, pierdo el equilibrio y todo se vuelve oscuro.

Despierto en una habitación de paredes blancas, mi madre me coge de la mano y llora emocionada porque al fin he despertado, mi padre la abraza y corre apresurado a llamar a un médico. Al despertar pregunto qué pasó con ese hombre, mas ninguno es capaz de darme una respuesta ya que ni siquiera sé su nombre.

Mi contusión en la cabeza no fue muy grave, en un par de días me dieron el alta, mi vida seguía tal y como era antes de aquella mañana, pero yo ya no era el mismo, es como si una parte de mí se hubiese perdido en el momento en el que esa promesa quedó en el aire y no pude llevarla a cabo.
                                                 


                                                 


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