Corazón vacío.

Nunca antes nadie se había atrevido a quererla,
a adentrarse en el pequeño desastre en el que parecen sumirse sus ojos.
Tampoco a navegar por el mar de escombros,
en el que se ha convertido su corazón,
tal vez por miedo a cortarse o salir herido.
Se había acostumbrado a vivir con ese batiburrillo de dudas,
que albergaba en su cabeza y no la dejaba conciliar el sueño.
También a lidiar con las pesadillas,
que la abordaban cada vez que conseguía hacerlo.
Se refugiaba en tardes de invierno,
en las que llovía tanto fuera como dentro.
Ahogaba sus miedos en folios en blanco,
salpicados por alguna que otra gota de café.
Se sentía vacía e intentaba arreglarlo,
con cosas que la hacían más mal que bien.
Observaba la luna cada noche, susurrando al cielo su nombre,
aún sabiendo de sobra que eso no iba a hacer que él volviese.
Porque no, él tampoco se arriesgó a quererla.
Aunque el peso de las huellas que dejó en ella era tan inmenso,
que hizo que todo se tornase en ruinas.
Y desde entonces espera perdida,
que alguien se arriesgue y la encuentre,
que abrace sus pedazos y adore que sea un desastre.
Pero esa persona no llega y siente como se consume,
al escuchar el eco que se produce a cada latido en su corazón vacío.

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